Mikaêl Ollivier
domingo, julio 12, 2009
Sobre muertos
Esa mañana metieron al abuelito en un gran agujero. Un poco más temprano lo habían metido en una caja, y justo antes yo lo había mirado por última vez. Porque eso es la muerte: después ya nunca los volveremos a ver.
miércoles, julio 08, 2009
Colisiones, Julio 16
Jueves 16 de Julio, Sala de Patrimonio 7:00pmColisiones
(Premio Nacional de Libro de Cuento Juan José Arreola)
de Luis Miguel Estrada Orozco
Presenta: Alfredo Carrera
Se ha dicho: fue elegido (el libro Colisiones) por unanimidad de acuerdo con el acta del jurado del premio nacional(integrado por los escritores Ignacio Padilla, Rafael Lemus y, como presidente, Guillermo Samperio) que basa el fallo en el “equilibrio” del texto como una “literatura con visos coloquiales” que maneja un “discurso innovador” que exhibe un “poderoso y arriesgado imaginario”.
Nota sobre el premio
domingo, junio 28, 2009
Uno de Minotauros
Llegaron al cuarto de la madre, un cuarto muy grande, su cama era enorme. De lado derecho había una cómoda con cajones donde cabían los hijos acostados, lo sabía porque un día jugando a las escondidas ahí se habían metido. A su hijo le pidió se sentara en el suelo, justo enfrente, y con una cara de gran enojo todavía terminó por decirle: aquí tengo al Minotauro, lo voy a despertar para que escuches que tan enojado está, para que entiendas lo enorme que sería si saliera de ahí, si un día me llego a enojar más que hoy lo voy a sacar y te voy a dejar aquí con él. Por último la madre golpeó el mueble en varias ocasiones, los cajones empezaron a temblar, primero muy poco y conforme pasaban los minutos se movían más, después se escucharon bramidos muy violentos. La mamá apenas podía evitar que los cajones no se abrieran y eso que estaban cerrados con llave, desde que encontró a uno de los hijos metidos ahí y todas sus cosas en el suelo. El hijo conforme pasó todo se fue asustando, intento huir y su madre no lo dejó salir hasta que comenzó a llorar y a pedirle perdón por vaciar la caja.jueves, junio 25, 2009
NOCHE ETERNA
Tengo sueño, siempre tengo sueño y caigo dormido por las noches después de leer un poco del libro que está encima de mi escritorio. No recuerdo lo que ha pasado cuando amanece, mi ropa cada mañana está empapada en sangre; camino despacio hasta mi cama donde espero el auxilio de alguien.Llega ella, grita. Nunca se va a acostumbrar a estos sueños violentos de razón de los que sufro.
Algunas enfermeras me han acompañado hasta que huyen despavoridas y antes de irse todas me hacen preguntas sobre las bandadas de pájaros, que según ellas, revolotean en mi espalda mientras duermo.
Las pastillas regadas en mi cuarto son una porquería, ayudan a abrir los ojos unos minutos, sin embargo, termino siempre durmiendo. Fumo desesperado cada vez que puedo. Recorro intranquilo mi casa, intento ir a trabajar, pero me dicen que no puedo ir así.
En los días que duermo más tranquilo despierto con las manos en mi cara, que comienzo a desconocer, y con toda la sangre escurriendo. En algún sueño perdí un ojo y no fue necesario pensar más en ir al hospital, ni comprar lentes.
No he gritado nunca, no siento dolor, he llegado a pensar que yo mismo abro las heridas cada noche y sonámbulo camino hasta los suburbios de la ciudad donde seguramente lucho con perros. Reviso mi cuerpo cada vez que puedo y sólo siento asco de está piel viva.
No puedo creer en las historias de las enfermeras. No pienso cambiarme de casa, ni tirar mis libros, ni mis muebles; porque sé que los demonios ya viven en mí.
martes, junio 02, 2009
Manera sencillísima de destruir una ciudad
Se espera, escondido en el pasto, a que una gran nube de la especie cúmulo se sitúe sobre la ciudad aborrecida. Se dispara entonces la flecha petrificadora, la nube se convierte en mármol y el resto no merece comentario.
JULIO CORTAZAR-La vuelta al día en ochenta mundos
viernes, mayo 22, 2009
Desviejadero
Les dejo un primer borrador de estos pequeños textos que he estado escribiendo, que además espero limpiar y terminar un día; ya lo sabrán varios, es un "en memoria" muy temprano.
Sucedió un día que se murió mi abuelo, como la gente común, se murió de viejo y a nadie le llamó mayormente la atención. A la familia nos dejó mal, parecía que nos iba a durar por lo menos otros quince años más. Una mañana iba a salir a misa con mi abuela y le dijo “me siento mal”, se le desvaneció encima a su esposa y veinte minutos después no había más oportunidad para que se sintiera mal. Todos fuimos al hospital en el que ni dieciséis personas coordinadas pudieron hacer algo para que sobreviviera a un paro respiratorio fulminante. Nosotros también queríamos dejar de respirar, como seguro le pasa a cada uno de los deudos cuando una persona se muere.
*
Me acuerdo bien de esos días, acababa de pasar el día de los reyes magos, mi abuela todavía nos dio dinero para que cada nieto comprara lo que se le antojara.
*
Entre que era y no era metí los lentes de mi abuelo al morral, a mí hermano le preocupaba que se fueran a rayar. ¿Qué importa? Mi abuela salió del hospital casi a empujones. Cuanto estuvo en una sala del hospital lloraba al saludar a cualquiera, decía “me he quedado sola, no reaccione”, pero cuando le pedían datos o le ofrecían servicios funerarios era de nuevo la mujer seria y fuerte, la de siempre, la que conocíamos. Mi abuela era una mujer dura. Parecía que eran dos personas: el esposo y el cuerpo. Le costó a la familia ochocientos pesos que mi abuelo llegara a morirse a ese hospital, para que no se muriera en su casa y menos frente a mi abuela.
*
Cuando se muere ahora la gente, todos se abrazan con todos, juegan un poco con el celular como buscando el número del representante de Dios en la tierra (a ver si lo puede revivir), marcan un número que eligen casi al azar o mandan un mensaje y finalmente algunos sacan algunas lágrimas o lloran casi siempre silenciosamente. Después cuentan cosas, platican entre ellos una y otra vez cómo fue el asunto, pareciera importante si fue repentino. Discuten sobre datos inútiles, por ejemplo, si la ambulancia tardó en llegar veinte minutos o media hora, sobre lo que pudo ocasionar meter al abuelo a un auto compacto entre su hijo y un paletero, sobre si entraron quince o dieciséis personas con el abuelo. Después se escucharán chistes y algunos se pondrán a reír y muchos otros se ofenderán por la falta de respeto. No faltará el que piense tomar nota del asunto o busque recordar alguno de los chistes para escribir el siempre complicado cuento de humor negro para el concurso anual, pero al final nunca mandará nada. Los que piensan en anotar los chistes, los que sienten como muy nueva la experiencia, se les ocurrirá una excelente idea, un reallity tal vez sobre ese proceso, pensarán que son los primeros en tenerlo en la mente, pensarán que esos eventos son los que deberían de verse por televisión, que aprenderían más todos, porque sobre todo creen que son a los primeros que les sucede eso.
*
No vi llegar el cuerpo de mi abuelo a la sala de velación, como nunca he visto llegar a ningún otro cuerpo a esas salas. Cuando entro a esos lugares tengo la sensación de que siempre había estado ahí el ataúd y que desde siempre lo habían esperado los empleados de la funeraria y que los cuerpos siempre nos habían estado esperando ahí. Procuro que se me olvide que antes caminaban, comían, sonreían y contaban chistes. No logro comprender todavía a las personas que con algún afán necrofílico después de entrar a la sala se dirigen al ataúd para ver al muerto, sean parientes o no. Agradezco la suma de voluntades que solicitó un ataúd cerrado para mi abuelo, mejor que le de claustrofobia. Cuando yo me muera quiero que la tapa esté abierta, pero en lugar de un vidrio haya un cristal, para que por lo menos se lleven un susto.
*
La ciudad de los muertos debería de ser zona prohibida para fumadores, por lo menos que tuvieran la obligación de alejarse unos veinte metros del horno crematorio, para que las personas no crean que las cenizas que ven volar son de muertos o que se vea tan fácil la producción de lo que antes tenía vida.
*
Visitar a los muertos es volver a reconocer, en cada visita, que esperamos estar pronto con ellos, o simple, o tal vez, brevemente muertos.
*
Será que acaso las personas que acompañan a los deudos durante el sepelio son dotados de algunos dones que el muerto en cuestión deja, será como esa unión que dicen se crea con la persona con la que primero se encuentra en la intimidad o como con la persona a la que se le dice por primera vez te amo. Será acaso que esas personas que acompañan se quedan con alguna esencia del que recién ha partido y por eso se crean vínculos más fuertes después de esas horas.
*
Cada vez que alguien se muere me he preguntado si lo correcto es avisarle a todo el mundo, sino necesitan mayor anticipación como requieren para otros eventos. Y además ¿cómo se debe de interpretar la ausencia o presencia? ¿cómo interpretar una llamada para disculpar la falta de asistencia, igual a la de una fiesta?
*
Mi abuela aguanto sin mayores problemas el funeral de mi abuelo, su muerte casi enfrente de ella. Llegamos a la misa para depositar las cenizas de él. Todos bien, todos a tiempo, todos tristes. Hizo una señal el sacerdote y caminamos hacía las criptas, esperamos a que alguien abriera la puerta, adentro hacía falta una escalera y corrimos por ella. El único hijo varón, después del ritual y oraciones acostumbradas, subió las escaleras para depositar al abuelo, bajo, regresamos al escalera. Mi abuela no dejo de ver el nicho, como no queriendo olvidar lo que ya sabía, que ahí estaba el nicho de la familia, que seguro ahí la depositarían también a su muerte, como queriendo encontrar los rostros en la placa de mármol de los ahí depositados o tal vez un anuncio o tal vez rogándoles que se la llevarán a ella también. Mi abuelo lo decía: hay personas a las que les cuesta mucho trabajo morirse. A él no le costo trabajo, yo creo que mi abuela iba recapacitando en ello, pensaba que a ella le costaría mucho trabajo, era la fuerte. Seguro no terminó el diálogo con los muertos cuando se nos desplomo. No dejo de abrir los ojos, salió a rastras, un desmayo, una descompensación, el aire viciado, el espacio cerrado, llamar nuevamente a una ambulancia, que si tarda veinte o si tarda treinta, que en menos de quince minutos la boca chueca, desencajada, los ojos al aire. La ambulancia al lado contrario de la puerta del templo. Cuarenta minutos después de casi caer al suelo mi abuela sale en camilla sin hacer sonido alguno, con la boca abierta chueca y los ojos entre abiertos. Todos quieren ir al hospital. En el hospital: no podemos. Muévete. Otra ambulancia. Un coagulo. Una trombosis. Tal vez neumonía. Terapia intensiva. ¿La entubamos? Ni madres. Otro hospital. Otra ambulancia. Mi abuela se recuperaba en los traslados, no se podía dejar más débil por la calle, mujer fuerte y digna. Ni siquiera usaba los lentes pasa salir a caminar, a pesar del nivel de ceguera, ya no se diga bastón o silla de ruedas; ahora una camilla.
*
Que mis abuelos se hayan ido casi juntos de este mundo me pareció, aunque muy duro para la familia, lo mejor. Puedo decir que casi me hicieron feliz ver que era necesario que no pasaran más de seis días separados uno del otro. Eran simbiosis, era imprescindible que estuvieran juntos para sobrevivir. Mi abuela que era la más fuerte nos duró apenas tres días de pie y otros tres días en convalecencia, en el difícil arte de morirse, pero finalmente lográndolo. Desde el primer momento se supo sola, y estaba sola, porque de ningún modo sus hijos y nietos y hermana iban a saber llenar el vacío que deja un esposo que la acompañó durante cincuenta y ocho años. Sólo ellos dos saben en realidad lo que pasaron juntos y como lo vivieron. Mi abuelo nunca logró estar a gusto en espacio alguno dónde no estuviera su mujer, molesto de su ausencia apenas por unas horas, molesto cuando a alguien le sorprendía las casi seis décadas de compañía; creo que le era imposible comprender que otras parejas no pudieran siquiera durar un año, que sobrevivieran a la muerte de la pareja de vida, que no recordaran ese momento en que se decide iniciar una vida de dos con miras a morir juntos. Sin embargo, también creo, que no pensaba irse tan pronto, que realmente el deseaba ver a sus nietos casados o haciéndose de una vida, llevándole hasta su casa sus logros (aunque nunca dejó, ni dejaron, de estar orgullosos y felices de los pequeños logros que les toco vivir). Como sucede en la mayoría de las familias, los abuelos no dejaron de ser eso, abuelos que están al pendiente de todos, pilares de los descendientes y de los hijos políticos, procurarles el bien, dar el ejemplo antes de las palabras. Cuando llego a este punto, pensando en lo escrito, me recrimino duramente que caiga en clichés que no puedo mencionar de otra forma que de la misma forma en que lo he hecho, es como si no soportara aceptar que ellos eran parte de esas historias que ya no se cuentan y que menos suceden: el amor incondicional, la comprensión. Dudo mucho que alguien quiera creer lo que digo, pero no lo escribo para encantar personas, lo escribo para exorcizar demonios, para recordarlos más vividamente, para volverles a decir de un modo u otro que no dejaron de ser en momento alguno un ejemplo que pesa, maestros en vida. Mi abuelo en su trabajo y dedicación constante hasta el último día, mi abuela con su entrega desmedida en los asuntos y preocupaciones de las personas que por una u otra razón le eran cercanas o simplemente entrañables.
*
La casa de los abuelos en cada visita fue entrañable, nadie pensó, como a nadie se le ocurre en el día a día, que se fueran a morir pronto, incluso que se fueran a morir en algún momento. La casa era enorme, es enorme todavía, una herencia, una de las propiedades de las que nadie pregunta como se adquirieron porque queda claro que no se compraron un día sino que pasaron de generación en generación. En los pasillos patinamos, corrimos y nos estrellamos contra las macetas de mi abuela; y a cada uno de los nietos nos parecía normal que hubiera árboles dentro de la casa, que hubiera un árbol que diera un fruto raro entre lima y limón, que los pájaros piarán por las mañanas, que por las noches en los cuartos no hubiera más que apenas algunos destellos de luz que se filtraban por entre los tablones de madera. En la casa de los abuelos dormimos muchas noches, seguro no fueron tantas, pero a la distancia ya no se sabe que paso,
Sucedió un día que se murió mi abuelo, como la gente común, se murió de viejo y a nadie le llamó mayormente la atención. A la familia nos dejó mal, parecía que nos iba a durar por lo menos otros quince años más. Una mañana iba a salir a misa con mi abuela y le dijo “me siento mal”, se le desvaneció encima a su esposa y veinte minutos después no había más oportunidad para que se sintiera mal. Todos fuimos al hospital en el que ni dieciséis personas coordinadas pudieron hacer algo para que sobreviviera a un paro respiratorio fulminante. Nosotros también queríamos dejar de respirar, como seguro le pasa a cada uno de los deudos cuando una persona se muere.*
Me acuerdo bien de esos días, acababa de pasar el día de los reyes magos, mi abuela todavía nos dio dinero para que cada nieto comprara lo que se le antojara.
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Entre que era y no era metí los lentes de mi abuelo al morral, a mí hermano le preocupaba que se fueran a rayar. ¿Qué importa? Mi abuela salió del hospital casi a empujones. Cuanto estuvo en una sala del hospital lloraba al saludar a cualquiera, decía “me he quedado sola, no reaccione”, pero cuando le pedían datos o le ofrecían servicios funerarios era de nuevo la mujer seria y fuerte, la de siempre, la que conocíamos. Mi abuela era una mujer dura. Parecía que eran dos personas: el esposo y el cuerpo. Le costó a la familia ochocientos pesos que mi abuelo llegara a morirse a ese hospital, para que no se muriera en su casa y menos frente a mi abuela.
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Cuando se muere ahora la gente, todos se abrazan con todos, juegan un poco con el celular como buscando el número del representante de Dios en la tierra (a ver si lo puede revivir), marcan un número que eligen casi al azar o mandan un mensaje y finalmente algunos sacan algunas lágrimas o lloran casi siempre silenciosamente. Después cuentan cosas, platican entre ellos una y otra vez cómo fue el asunto, pareciera importante si fue repentino. Discuten sobre datos inútiles, por ejemplo, si la ambulancia tardó en llegar veinte minutos o media hora, sobre lo que pudo ocasionar meter al abuelo a un auto compacto entre su hijo y un paletero, sobre si entraron quince o dieciséis personas con el abuelo. Después se escucharán chistes y algunos se pondrán a reír y muchos otros se ofenderán por la falta de respeto. No faltará el que piense tomar nota del asunto o busque recordar alguno de los chistes para escribir el siempre complicado cuento de humor negro para el concurso anual, pero al final nunca mandará nada. Los que piensan en anotar los chistes, los que sienten como muy nueva la experiencia, se les ocurrirá una excelente idea, un reallity tal vez sobre ese proceso, pensarán que son los primeros en tenerlo en la mente, pensarán que esos eventos son los que deberían de verse por televisión, que aprenderían más todos, porque sobre todo creen que son a los primeros que les sucede eso.
*
No vi llegar el cuerpo de mi abuelo a la sala de velación, como nunca he visto llegar a ningún otro cuerpo a esas salas. Cuando entro a esos lugares tengo la sensación de que siempre había estado ahí el ataúd y que desde siempre lo habían esperado los empleados de la funeraria y que los cuerpos siempre nos habían estado esperando ahí. Procuro que se me olvide que antes caminaban, comían, sonreían y contaban chistes. No logro comprender todavía a las personas que con algún afán necrofílico después de entrar a la sala se dirigen al ataúd para ver al muerto, sean parientes o no. Agradezco la suma de voluntades que solicitó un ataúd cerrado para mi abuelo, mejor que le de claustrofobia. Cuando yo me muera quiero que la tapa esté abierta, pero en lugar de un vidrio haya un cristal, para que por lo menos se lleven un susto.
*
La ciudad de los muertos debería de ser zona prohibida para fumadores, por lo menos que tuvieran la obligación de alejarse unos veinte metros del horno crematorio, para que las personas no crean que las cenizas que ven volar son de muertos o que se vea tan fácil la producción de lo que antes tenía vida.
*
Visitar a los muertos es volver a reconocer, en cada visita, que esperamos estar pronto con ellos, o simple, o tal vez, brevemente muertos.
*
Será que acaso las personas que acompañan a los deudos durante el sepelio son dotados de algunos dones que el muerto en cuestión deja, será como esa unión que dicen se crea con la persona con la que primero se encuentra en la intimidad o como con la persona a la que se le dice por primera vez te amo. Será acaso que esas personas que acompañan se quedan con alguna esencia del que recién ha partido y por eso se crean vínculos más fuertes después de esas horas.
*
Cada vez que alguien se muere me he preguntado si lo correcto es avisarle a todo el mundo, sino necesitan mayor anticipación como requieren para otros eventos. Y además ¿cómo se debe de interpretar la ausencia o presencia? ¿cómo interpretar una llamada para disculpar la falta de asistencia, igual a la de una fiesta?
*
Mi abuela aguanto sin mayores problemas el funeral de mi abuelo, su muerte casi enfrente de ella. Llegamos a la misa para depositar las cenizas de él. Todos bien, todos a tiempo, todos tristes. Hizo una señal el sacerdote y caminamos hacía las criptas, esperamos a que alguien abriera la puerta, adentro hacía falta una escalera y corrimos por ella. El único hijo varón, después del ritual y oraciones acostumbradas, subió las escaleras para depositar al abuelo, bajo, regresamos al escalera. Mi abuela no dejo de ver el nicho, como no queriendo olvidar lo que ya sabía, que ahí estaba el nicho de la familia, que seguro ahí la depositarían también a su muerte, como queriendo encontrar los rostros en la placa de mármol de los ahí depositados o tal vez un anuncio o tal vez rogándoles que se la llevarán a ella también. Mi abuelo lo decía: hay personas a las que les cuesta mucho trabajo morirse. A él no le costo trabajo, yo creo que mi abuela iba recapacitando en ello, pensaba que a ella le costaría mucho trabajo, era la fuerte. Seguro no terminó el diálogo con los muertos cuando se nos desplomo. No dejo de abrir los ojos, salió a rastras, un desmayo, una descompensación, el aire viciado, el espacio cerrado, llamar nuevamente a una ambulancia, que si tarda veinte o si tarda treinta, que en menos de quince minutos la boca chueca, desencajada, los ojos al aire. La ambulancia al lado contrario de la puerta del templo. Cuarenta minutos después de casi caer al suelo mi abuela sale en camilla sin hacer sonido alguno, con la boca abierta chueca y los ojos entre abiertos. Todos quieren ir al hospital. En el hospital: no podemos. Muévete. Otra ambulancia. Un coagulo. Una trombosis. Tal vez neumonía. Terapia intensiva. ¿La entubamos? Ni madres. Otro hospital. Otra ambulancia. Mi abuela se recuperaba en los traslados, no se podía dejar más débil por la calle, mujer fuerte y digna. Ni siquiera usaba los lentes pasa salir a caminar, a pesar del nivel de ceguera, ya no se diga bastón o silla de ruedas; ahora una camilla.
*
Que mis abuelos se hayan ido casi juntos de este mundo me pareció, aunque muy duro para la familia, lo mejor. Puedo decir que casi me hicieron feliz ver que era necesario que no pasaran más de seis días separados uno del otro. Eran simbiosis, era imprescindible que estuvieran juntos para sobrevivir. Mi abuela que era la más fuerte nos duró apenas tres días de pie y otros tres días en convalecencia, en el difícil arte de morirse, pero finalmente lográndolo. Desde el primer momento se supo sola, y estaba sola, porque de ningún modo sus hijos y nietos y hermana iban a saber llenar el vacío que deja un esposo que la acompañó durante cincuenta y ocho años. Sólo ellos dos saben en realidad lo que pasaron juntos y como lo vivieron. Mi abuelo nunca logró estar a gusto en espacio alguno dónde no estuviera su mujer, molesto de su ausencia apenas por unas horas, molesto cuando a alguien le sorprendía las casi seis décadas de compañía; creo que le era imposible comprender que otras parejas no pudieran siquiera durar un año, que sobrevivieran a la muerte de la pareja de vida, que no recordaran ese momento en que se decide iniciar una vida de dos con miras a morir juntos. Sin embargo, también creo, que no pensaba irse tan pronto, que realmente el deseaba ver a sus nietos casados o haciéndose de una vida, llevándole hasta su casa sus logros (aunque nunca dejó, ni dejaron, de estar orgullosos y felices de los pequeños logros que les toco vivir). Como sucede en la mayoría de las familias, los abuelos no dejaron de ser eso, abuelos que están al pendiente de todos, pilares de los descendientes y de los hijos políticos, procurarles el bien, dar el ejemplo antes de las palabras. Cuando llego a este punto, pensando en lo escrito, me recrimino duramente que caiga en clichés que no puedo mencionar de otra forma que de la misma forma en que lo he hecho, es como si no soportara aceptar que ellos eran parte de esas historias que ya no se cuentan y que menos suceden: el amor incondicional, la comprensión. Dudo mucho que alguien quiera creer lo que digo, pero no lo escribo para encantar personas, lo escribo para exorcizar demonios, para recordarlos más vividamente, para volverles a decir de un modo u otro que no dejaron de ser en momento alguno un ejemplo que pesa, maestros en vida. Mi abuelo en su trabajo y dedicación constante hasta el último día, mi abuela con su entrega desmedida en los asuntos y preocupaciones de las personas que por una u otra razón le eran cercanas o simplemente entrañables.
*
La casa de los abuelos en cada visita fue entrañable, nadie pensó, como a nadie se le ocurre en el día a día, que se fueran a morir pronto, incluso que se fueran a morir en algún momento. La casa era enorme, es enorme todavía, una herencia, una de las propiedades de las que nadie pregunta como se adquirieron porque queda claro que no se compraron un día sino que pasaron de generación en generación. En los pasillos patinamos, corrimos y nos estrellamos contra las macetas de mi abuela; y a cada uno de los nietos nos parecía normal que hubiera árboles dentro de la casa, que hubiera un árbol que diera un fruto raro entre lima y limón, que los pájaros piarán por las mañanas, que por las noches en los cuartos no hubiera más que apenas algunos destellos de luz que se filtraban por entre los tablones de madera. En la casa de los abuelos dormimos muchas noches, seguro no fueron tantas, pero a la distancia ya no se sabe que paso,
Sobre cosas archisabidas
*Entonces, ¿qué es estar enamorado? Estar enamorado es percibir lo que de único hay en cada persona, eso único que no puede comunicarse salvo por medio de hipérboles o de metáforas.
*
Pero en fin, lo importante es el hecho de que el escritor es un amanuense, él recibe algo y trata de comunicarlo, lo que recibe no son exactamente ciertas palabras en un cierto orden, como querían los hebreos, que pensaban que cada sílaba del texto había sido prefijada. No, nosotros creemos en algo mucho más vago que eso, pero en cualquier caso en recibir algo.
*
Eso me lleva a otra idea, la idea de que quizás toda persona sea única, y que nosotros no veamos lo único de esa persona que habla en favor de ella. Yo he pensado alguna vez que esto se da en todo, si no fijémonos que en la Naturaleza, o en Dios (Deus sirve Natura, decía Spinoza) lo importante es la cantidad y no la calidad. Por qué no suponer entonces que hay algo, no sólo en cada ser humano sino en cada hoja, en cada hormiga, único, que por eso Dios o la Naturaleza crea millones de hormigas; aunque decir millones de hormigas es falso, no hay millones de hormigas, hay millones de seres muy diferentes, pero la diferencia es tan sutil que nosotros los vemos como iguales.
*
Pero en fin, lo importante es el hecho de que el escritor es un amanuense, él recibe algo y trata de comunicarlo, lo que recibe no son exactamente ciertas palabras en un cierto orden, como querían los hebreos, que pensaban que cada sílaba del texto había sido prefijada. No, nosotros creemos en algo mucho más vago que eso, pero en cualquier caso en recibir algo.
*
Eso me lleva a otra idea, la idea de que quizás toda persona sea única, y que nosotros no veamos lo único de esa persona que habla en favor de ella. Yo he pensado alguna vez que esto se da en todo, si no fijémonos que en la Naturaleza, o en Dios (Deus sirve Natura, decía Spinoza) lo importante es la cantidad y no la calidad. Por qué no suponer entonces que hay algo, no sólo en cada ser humano sino en cada hoja, en cada hormiga, único, que por eso Dios o la Naturaleza crea millones de hormigas; aunque decir millones de hormigas es falso, no hay millones de hormigas, hay millones de seres muy diferentes, pero la diferencia es tan sutil que nosotros los vemos como iguales.
Jorge Luis Borges
Tomado de Acerca de mis cuentos
miércoles, mayo 20, 2009
sábado, mayo 02, 2009
martes, abril 28, 2009
Uruapan
Hace varios años no visitaba Uruapan, esta ciudad sólo ha representado para mí un lugar de trabajo o una ciudad de paso. La primera vez que vine fue la única en la que el viaje era de placer y en realidad el destino no era tan importante como el camino. No son metáforas. Ese primer viaje a Uruapan, no recuerdo que edad tendría, fue mi único viaje en tren hasta hoy y en este estado será el último si mientras viva no vuelve a existir un tren de pasajeros. Poco recuerdo de esa primera vez, recuerdo poco del vagón, pero no olvido que costo veinte pesos el viaje de lujo que incluía un refrigerio y el olor de los vagones de primera, segunda y tercera clase. Nunca les encontré diferencia a esas tres, creo que sólo la intensidad del aroma que tenían. Recuerdo que mi madre se mareo a la mitad del camino y que no dimensioné nunca que sería el único en años. Lo veía en la televisión seguido, veía que las personas se trasladaban de un lugar a otro en tren, pero no creí que dejara de existir para cuando tuviera edad para viajar solo. Me emocionaba, aunque sin decirlo, cada nueva montaña, me entusiasmaba en las curvas ver cual largo era el tren y más que estuviéramos en lo alto de una montaña y no cayéramos. Era un viaje para conocer el tren. En mi casa, cuando niño, recuerdo que ese tipo de cosas eran casi rituales de iniciación, como el día que escuchaba decir a mis padres que era tiempo para que fuéramos a un balneario, a lo que mi primera reacción, naturalmente, fue un “no quiero” pensando que en esos lugares las personas iban a bailar todo el día. Claro, ya en el lugar, como cualquier infante se me olvido todo y procuré que mis padres me olvidaran.
Del primer viaje, además del tren y el camión de regreso, sólo logro recordar el parque nacional. Cuando intento hacer memoria de esos momentos apenas rescato algunas imágenes de la rodilla del diablo, de otros niños saltando desde alto a aguas poco profundas por un peso y recuerdo unos estanques enormes donde se reproducían truchas que se podían pescar. Fue hasta tiempo después que pude recordar otros lugares del parque, me gustaría tenerlo más presente puesto que fue un momento importante en la infancia. Quizá más que cuando por primera vez estuve en el D.F. y no entendía que pasaba en esa ciudad que era necesario poner puentes y desniveles y túneles por todos lados, por esas tantas tantísimas personas e incluso la visita al entonces Reino Aventura y ver a Keiko; creo que viajar en tren era más importante.
Vuelvo a Uruapan después de varios años de no venir, vuelvo nuevamente a trabajar en nombre de la literatura. Hace unos años visitaba adultos mayores en un centro del DIF y la biblioteca pública de la tenencia de Jucutacato, en los que impartíamos talleres de fomento a la lectura. Era un grupo de diez personas que visitábamos diferentes municipios por el programa Guías de Lectura, lo que nos convertía a nosotros en eso mismo, en guías para la lectura. Cada quince días volvíamos a compartir dos horas lecturas y gustos a cada grupo. Eran días diferentes, lo que permitía que cada semana visitara la ciudad. Una semana comíamos cuatro guías en el restaurante de un hotel de la plaza principal y la siguiente semana lo hacíamos dos guías en diferentes lugares o se nos otorgaban viáticos para hacerlo donde quisiéramos. Esos días, que duraron aproximadamente nueve meses, era cuando volvía por primera vez después aquella visita en tren.
Del primer viaje, además del tren y el camión de regreso, sólo logro recordar el parque nacional. Cuando intento hacer memoria de esos momentos apenas rescato algunas imágenes de la rodilla del diablo, de otros niños saltando desde alto a aguas poco profundas por un peso y recuerdo unos estanques enormes donde se reproducían truchas que se podían pescar. Fue hasta tiempo después que pude recordar otros lugares del parque, me gustaría tenerlo más presente puesto que fue un momento importante en la infancia. Quizá más que cuando por primera vez estuve en el D.F. y no entendía que pasaba en esa ciudad que era necesario poner puentes y desniveles y túneles por todos lados, por esas tantas tantísimas personas e incluso la visita al entonces Reino Aventura y ver a Keiko; creo que viajar en tren era más importante.
Vuelvo a Uruapan después de varios años de no venir, vuelvo nuevamente a trabajar en nombre de la literatura. Hace unos años visitaba adultos mayores en un centro del DIF y la biblioteca pública de la tenencia de Jucutacato, en los que impartíamos talleres de fomento a la lectura. Era un grupo de diez personas que visitábamos diferentes municipios por el programa Guías de Lectura, lo que nos convertía a nosotros en eso mismo, en guías para la lectura. Cada quince días volvíamos a compartir dos horas lecturas y gustos a cada grupo. Eran días diferentes, lo que permitía que cada semana visitara la ciudad. Una semana comíamos cuatro guías en el restaurante de un hotel de la plaza principal y la siguiente semana lo hacíamos dos guías en diferentes lugares o se nos otorgaban viáticos para hacerlo donde quisiéramos. Esos días, que duraron aproximadamente nueve meses, era cuando volvía por primera vez después aquella visita en tren.
domingo, abril 19, 2009
sábado, abril 11, 2009
domingo, marzo 29, 2009
Un libro en un teléfono
Horacio recibe la primer llamada a las once de la mañana de un día soleado, contrario a lo que anunciaron en el canal del tiempo. Al levantar el auricular escucha una voz, con dificultad podría decir sí es de una mujer o de un hombre o incluso de un niño. La voz narra lo que parece una novela: un hombre recibe una llamada de la que desconoce emisor. No sabe lo que le está queriendo decir al describirle a un hombre que nada tiene que ver con él, escuchando pacientemente una voz al teléfono, en un día soleado. La voz describe a un David que cuelga repentinamente y espera no recibir más llamadas telefónicas. Teléfono en mano piensa en las posibles opciones que podrían venir y sobre todo reflexiona en las historias que ha leído o visto en televisión sobre personas que responden teléfonos y la voz dice o cuenta cosas de una importancia insalvable para el que escucha. Horacio espera saber más del hombre que ha colgado el teléfono, pero la voz se detiene y entonces aborda su caso: alguien ha recibido una llamada en la que se entera de un hombre que a la mitad del discurso de una voz, quizá como la que escucha, ha colgado, no sabe más. Ninguno de los dos hombres saben nada del otro, mucho menos si existen y no saben lo que podría pasar; sólo el otro personaje, David, del que se le ha contado a Horacio, sabrá que al final se morirá, porque como impaciente lector revisa la última página. Cuando colgó supo que la historia la conocía.
Me late...
La responsabilidad empieza por los sueños.Yeats
Se dice amor eterno cuando tememos que se nos muera a cada paso.
Juan Carlos Bautista
miércoles, marzo 25, 2009
Fui al circo
Ahí está empezando el espectáculo, tigres ingresaban a la pista y el maistro de celemonías me decía con los ojos que no podía tomar fotos, además ya se había movido. Me intriga la vida dentro del circo, me gustaría "irme con el circo" unos seis meses.
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